martes, 7 de julio de 2009

Para pensar

Un texto mágico

Por Esteban Owen

Recientemente hice un descubrimiento que de alguna manera parece estar conduciéndome a unas transformaciones cuyo verdadero alcance todavía no alcanzo a visualizar con total nitidez. Ocurre, por ejemplo, que cuando leo un libro o un artículo que me interesa particularmente, y del que espero obtener una nueva y valiosa perspectiva, lo leo detenidamente. Ya no tengo prisa por terminarlo rápido. Nadie me corre. No tengo ninguna urgencia por terminarlo para poder pasar a la siguiente actividad en mi agenda del día.

Llegué a la conclusión de que mi bagaje personal crece de una manera mucho más significativa cuando leo un solo libro lentamente, que si en el mismo tiempo leyera dos libros, o tres, o más. La ecuación parece muy simple, aunque por alguna extraña razón la mayor parte del tiempo se nos pasa de largo. Cuando leemos un libro o un artículo a toda velocidad, las palabras pasan tan rápido que no las vemos. Pareciéramos suponer que nuestro cerebro, esa máquina tan maravillosa, pudiera convertir el torrente de palabras en nuevas habilidades y nuevo talento a la velocidad de la luz y en tiempo real. Pero no. La realidad es que cada palabra que ingresa a nuestro cerebro empuja hacia el fondo a las que ingresaron previamente. Cuando leemos a las corridas, sin pausa para meditar y reflexionar, las palabras se diluyen en la masa informe de materia gris, y todo lo que queda, o casi, es una sopa de letras, insípida y desabrida.

Así que lo que hago ahora es convertir el hábito de la lectura en una ceremonia, un espacio y tiempo único en que entrego cada sentido de mi ser, como una ofrenda, en el altar de las palabras, las oraciones, las ideas y los conceptos. Y dejo que el texto me hable, le pido que me hable. Y estoy atento a cuando lo haga realmente, voy escuchando el texto atentamente para descubrir cuándo se dirige directamente a mí.

Y entonces, cuando eso ocurre, cuando alguna idea me apela, entonces me detengo. Levanto la vista del escrito, y como quien se vuelve hacia adentro, mi mirada se desvanece en quién sabe qué mancha en la pared, en qué trama del suelo o de la alfombra, dejando libre a la mente, y sobre todo a mi conciencia, para bucear entre pensamientos, experiencias, sueños y proyectos, y dejo que la idea recién leída juegue y converse con mi mente toda, que recorra cada pasadizo y cada recoveco de mi ser interior, mi mente, mi conciencia, mis sentimientos y emociones.

Y es sorprendente. En instantes, la magia de la mente y la conciencia comienza a brotar a borbotones, incontenible, mezclando y combinando, imaginando y creando nuevos mundos, nuevos pensamientos, nuevas ideas, nuevas soluciones a viejas situaciones. Esto tiene una explicación muy simple, elemental, primitiva y ancestral. La mente humana es muy veloz. Extraordinariamente veloz. Pero los procesos de la conciencia son más lentos, y necesitan la pausa y el silencio para poder desarrollarse en un ambiente que le resulta más propicio. En un escenario así logra su máxima performance, sus resultados óptimos.

Nuestra experiencia cotidiana transcurre en un entorno sometido al bombardeo de estímulos de todo tipo. Nuestra mente, tanto como nuestra conciencia, perciben y procesan todos estos estímulos. Todo el tiempo. En todo lugar. Nos hemos privado del lugar de retiro cotidiano que nuestra alma necesita. Hemos elegido que “Otro” se ocupe de implantar en nosotros lo que hemos de pensar, cómo hemos de sentir, qué valores hemos de compartir, qué costumbres, qué modas, qué estilo, cómo hacerlo y con quién. Esta ha sido la peor decisión de nuestras vidas. Y cada día volvemos a renovar nuestro compromiso de fidelidad con la misma decisión.

Cada día tomamos la misma decisión de no meternos con nuestro ser interior. Elegimos no escucharnos a nosotros mismos. Elegimos levantarnos a la mañana, bañarnos, vestirnos para ir al trabajo, desayunar mientras vemos en la televisión los últimos asesinatos, los resultados del fútbol y los chismes de los famosos. Y allá vamos, ya estamos listos. Listos para ver sin prestar atención todos los carteles y afiches de publicidad, listos para empezar a enviar y recibir SMS y hacer o recibir llamadas mientras conducimos, y también para hojear el periódico si otro conduce o si vamos en un transporte público.

Listos para obedecer irreflexivamente los mails y llamados telefónicos de no sé quién para hacer no sé que cosa que hay que terminar ya porque es parte de algún proyecto de un cliente pero antes hay que terminar el informe de ayer y cuando termine tengo que ir a una reunión de no me acuerdo qué comité y así siguiendo. Stop… stop. Slow down. Respiro profundo. Suspendo todos mis pensamientos. Siento mi respiración. El aire que entra y llena completamente mis pulmones. El aire que sale, llevándose todas las tensiones. Aspiro, retengo por un momento. Exhalo. Vuelvo a aspirar profundo. Exhalo. Estoy acá. Tomo conciencia de este momento. Quién soy. Dónde estoy. Qué estoy haciendo acá. Cuál es el propósito de mi vida.

Permanezco por unos momentos en silencio, hasta que pueda sentir que estoy nuevamente conectado conmigo mismo. Conmigo mismo.

Ahora vuelvo lentamente a la realidad exterior. Ya no hay presiones. Nadie me está corriendo con ninguna urgencia. Voy a tomarme un tiempo, el que sea necesario, para repasar mentalmente las tareas que tengo por delante. Si es necesario, las escribo para poder verlas más claramente.

Ya tengo un panorama más claro de todo mi escenario. Veo cada árbol. También veo el bosque. Ahora voy a decidir. Es un momento importante, crucial. Es un momento fundacional. La decisión que estoy a punto de tomar va a determinar la calidad del próximo tramo de mi existencia.

Estoy a punto de tomar una decisión que va a afectar la calidad y el valor del aporte que voy a brindar a la empresa en la que trabajo. Quiero que el aporte que voy a hacer durante el próximo segmento de mi existencia produzca el máximo resultado posible. Quiero que mi próxima actividad supere las expectativas de mis clientes internos y externos.

Decido a qué tarea me voy a abocar ahora. Y encaro la acción. Confiado en que lo que estoy haciendo ahora es lo que yo decidí hacer. No está bien ni mal. No es correcto ni incorrecto. No es mejor o peor. Sencillamente es. Tiene la existencia que yo le estoy otorgando.

Estoy creando mi propio mundo. Ese mundo que fue concebido en mi mente. Que cobró vida mediante mis pensamientos. Ahora tiene existencia propia.

Ahora estoy siendo un Ser Integro. Todo mi Ser –cuerpo, alma, mente y conciencia– está en armonía. Estoy entregando todo mi Ser a la tarea que estoy desarrollando, porque quiero dar lo mejor de mí. Yo estoy decidiendo hacerlo. Libremente. Conscientemente.

Ahora tengo bienestar. Me siento bien.

Querido Lector: te invito a que te detengas ahora. No sigas. Detente. Cesa toda actividad. Respira profundo y disponte a meditar por un momento en lo que acabas de leer.

Aparta la vista ahora de este texto, y vuelve para seguir leyendo sólo cuando dispongas de tiempo para hacerlo reflexivamente, tomándote tu tiempo. Tu tiempo.

Te deseo una buena meditación.

miércoles, 1 de julio de 2009

El hombre que calculaba

Malba Tahan

Singular aventura acerca de 35 camellos que debían ser repartidos entre tres árabes. Beremís Samir efectúa una división que parecía imposible, conformando plenamente a los tres querellantes. La ganancia inesperada que obtuvimos con la transacción.


Hacía pocas horas que viajábamos sin interrupción, cuando nos ocurrió una aventura digna de ser referida, en la cual mi compañero Beremís puso en práctica, con gran talento, sus habilidades de eximio algebrista.

Encontramos, cerca de una antigua posada medio abandonada, tres hombres que discutían acaloradamente al lado de un lote de camellos.

Furiosos se gritaban improperios y deseaban plagas:

- ¡No puede ser!

- ¡Esto es un robo!

- ¡No acepto!

El inteligente Beremís trató de informarse de que se trataba.

- Somos hermanos –dijo el más viejo- y recibimos, como herencia, esos 35 camellos. Según la expresa voluntad de nuestro padre, debo yo recibir la mitad, mi hermano Hamed Namir una tercera parte, y Harim, el más joven, una novena parte. No sabemos sin embargo, como dividir de esa manera 35 camellos, y a cada división que uno propone protestan los otros dos, pues la mitad de 35 es 17 y medio. ¿Cómo hallar la tercera parte y la novena parte de 35, si tampoco son exactas las divisiones?

- Es muy simple –respondió el “Hombre que calculaba”-. Me encargaré de hacer con justicia esa división si me permitís que junte a los 35 camellos de la herencia, este hermoso animal que hasta aquí nos trajo en buena hora.

Traté en ese momento de intervenir en la conversación:

- ¡No puedo consentir semejante locura! ¿Cómo podríamos dar término a nuestro viaje si nos quedáramos sin nuestro camello?

- No te preocupes del resultado “bagdalí” –replicó en voz baja Beremís-. Se muy bien lo que estoy haciendo. Dame tu camello y verás, al fin, a que conclusión quiero llegar.

Fue tal la fe y la seguridad con que me habló, que no dudé más y le entregué mi hermoso "jamal1" , que inmediatamente juntó con los 35 camellos que allí estaban para ser repartidos entre los tres herederos.

- Voy, amigos míos –dijo dirigiéndose a los tres hermanos- a hacer una división exacta de los camellos, que ahora son 36.

Y volviéndose al más viejo de los hermanos, así le habló:

- Debías recibir, amigo mío, la mitad de 35, o sea 17 y medio. Recibirás en cambio la mitad de 36, o sea, 18. Nada tienes que reclamar, pues es bien claro que sales ganando con esta división.

Dirigiéndose al segundo heredero continuó:

- Tú, Hamed Namir, debías recibir un tercio de 35, o sea, 11 camellos y pico.

Vas a recibir un tercio de 36, o sea 12. No podrás protestar, porque también es evidente que ganas en el cambio.

Y dijo, por fin, al más joven:

- A ti, joven Harim Namir, que según voluntad de tu padre debías recibir una novena parte de 35, o sea, 3 camellos y parte de otro, te daré una novena parte de 36, es decir, 4, y tu ganancia será también evidente, por lo cual sólo te resta agradecerme el resultado.

Luego continuó diciendo:

- Por esta ventajosa división que ha favorecido a todos vosotros, tocarán 18 camellos al primero, 12 al segundo y 4 al tercero, lo que da un resultado (18 + 12 + 4) de 34 camellos. De los 36 camellos sobran, por lo tanto, dos. Uno pertenece, como saben, a mi amigo el “bagdalí” y el otro me toca a mí, por derecho, y por haber resuelto a satisfacción de todos, el difícil problema de la herencia2.

- ¡Sois inteligente, extranjero! –Exclamó el más viejo de los tres hermanos-.

Aceptamos vuestro reparto en la seguridad de que fue hecho con justicia y equidad.

El astuto beremís –el “Hombre que calculaba”- tomó luego posesión de uno de los más hermosos “jamales” del grupo y me dijo, entregándome por la rienda el animal que me pertenecía:

- Podrás ahora, amigo, continuar tu viaje en tu manso y seguro camello. Tengo ahora yo, uno solamente para mí.

Y continuamos nuestra jornada hacia Bagdad.


Notas:
1. Jamal – una de las muchas denominaciones que los árabes dan a los camellos.

2. Este curioso resultado proviene de ser la suma

1/2 + 1/3 + 1/9 = 17/18

Menor que la unidad. De modo que el reparto de los 35 camellos entre los tres herederos no se habría hecho por completo; hubiera sobrado 1/18 de 35 camellos. Habiendo aumentado el dividendo a 36, el sobrante resultó entonces 1/18 de 36, o sea los dos camellos referidos en el reparto hecho por el “Hombre que calculaba”.

Química recreativa

Pregunta sin respuesta

Si se reúne a los más grandes químicos del mundo y se les pide que contesten a una sola pregunta: la de cuántos compuestos químicos pueden formar los elementos del sistema periódico, esta asamblea de eminencias no darásiquiera una respuesta aproximada.

Se conoce que el compuesto químico más simple es la molécula de hidrógeno. Y no puede haber ningún otro compuesto más simple, ya que el hidrógeno es el primero y más liviano representante de la tabla de Mendeléiev.

¿Y el compuesto más complejo? Aquí desaparece toda certidumbre. La química conoce moléculas verdaderamente gigantes que constan de decenas y centenas de miles de átomos y a veces hasta de millones. Y nadie estáen condiciones de decir si existe en general algún límite para esta complejidad.

En cambio, podemos calcular con bastante exactitud cuántos compuestos químicos se conocen. Pero el número que obtenemos hoy, mañana ya envejecerá, porque en la actualidad, en los laboratorios del globo terráqueo todos los días se sintetiza aproximadamente una decena de nuevas substancias. Y de año en año incrementa esta producción diaria.

El servicio de información química comunica que en total se ha separado de la materia prima natural y obtenido artificialmente cerca de 2 millones de compuestos químicos.

Esta cantidad es muy impresionante, pero resulta que la aportación de los habitantes de la Gran Casa es muy distinta.

Por ejemplo, el número de compuestos que forman los gases nobles - helio, neón y argón –es igual a cero. Para el elemento de las tierras raras, el prometio (los físicos lo preparan artificialmente en los reactores nucleares), se ha obtenido con seguridad tan sólo tres compuestos, y, además, de lo más común: hidróxido, nitrato y cloruro.

La situación no es mejor con otros elementos artificiales. No olviden, que para algunos de ellos los científicos se ven obligados a contar sendos átomos. ¡Claro, que no se puede ni hablar de compuestos!

Empero, en la tabla de Mendeléiev existe un elemento único en su género. Por la cantidad de sustancias complejas que forma ocupa un lugar excepcional.
En la Gran Casa él se aloja en el apartamento número 6. Este elemento es el carbono.

Entre los 2 millones de moléculas más diversas 1 millón y 700 mil son moléculas cuya base y armazón constituyen los átomos de carbono. Estos compuestos están estudiados por una rama colosal de la química: la química orgánica. Los compuestos de todos los demás elementos entran en la "esfera de influencia" de la química inorgánica.

De este modo, resulta que la cantidad de substancias orgánicas supera casi seis veces la de inorgánicas.

Como regla, sintetizar una nueva substancia orgánica es mucho más fácil. Mientras tanto, los químicos inorgánicos considerarían ideal, si pudieran informar cada día sobre la obtención de nada más que un sólo compuesto nuevo. Aunque en los últimos años las perspectivas infunden más esperanzas.

A los químicos orgánicos les ayuda la peculiaridad maravillosa de los átomos de carbono.